El mito de Sísifo

Blog de Celedonio Sepúlveda

Espejo cibernético

espejo cibernetico Miraba la silueta de su cara reflejada en el filtro de la pantalla del ordenador, entre sombras violetas, veía su rostro apagado, la luz solo definía de forma fugaz el brillo de su frente, la nariz y el dibujo leve de su boca.  Le gustaba verse sin verse.

La mesa estaba cargada de papeles totalmente desordenados, como si hubiesen sido colocados por un golpe de viento, y aquella habitación no era precisamente el marco donde se sentía protegido, el silencio y loa desolación hacían de aquel cuarto un recinto carcelario, sentía necesidad de salir de allí, escapar, aunque solo fuese a través de su mirada perdida en aquel espejo cibernetico que dibujaba su rostro.

A ratos miraba el teléfono con gesto de interrogación, con ansias de que el sonido de su timbre lo liberara, le abriera las alas para volar, era el único instrumento capaz de acercarle, de llevar su voz, la única voz capaz de romper toda aquella presión.  Pero todo permanecía en silencio.

Intentaba concentrarse en ella, ponía tanto empeño que incluso se olvidaba de respirar y las venas de sus sienes se hinchaban como inyectadas de aire, parecía ser estrangulado por unas manos invisibles que lo atenazaban sin piedad, cuando la falta de aire le golpeaba la conciencia, dos grandes puños aporreaban la puerta de su soledad.

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marzo 1, 2008 Posted by | Sueños | , , , , , , | Deja un comentario

Los puentes de la soledad

soledad.jpgEl veneno correría rápidamente por su cuerpo, nada lo podía parar, en unos instantes todos y cada uno de sus poros estarían empapados, contaminados, a merced de las alucinaciones. Solo cabía esperar los efectos benignos de la mordedura y disfrutar mientras tanto de sus hermosas sensaciones. Un mundo de sueño y aislamiento giraba a su alrededor, nada le importaba, no podía resistir la embriaguez, ni quería.

Estaban sentados en una de las mesas del bar, frente a la barra, tomando un café antes de comenzar las clases, una rutina necesaria para no caer en el sopor de las aulas.

– Sabes que ella esta enamorada de ti, que esta loca por tus huesos, pero no se lo digas, me lo ha contado como un secreto

Él quedo muy sorprendido, incluso asustado.

– ¿Que dices? y porque te lo ha dicho a ti.

– Supongo que porque no se atreve a decírtelo a ti y como yo soy tu amigo. Que importa.

Una sensación de zozobra se apodero de él, se sentía traicionado, descubierto, a pesar de estar con su mejor amigo. No sabia como reaccionar, se le acumulaba la rabia. Esas sensaciones recién descubiertas, ese mundo secreto de los dos había sido profanado, ya había más gente. Él lo había cuidado y protegido del exterior, no quería que nadie participara en ese intercambio de cómplices miradas, de deseo juvenil. Tenía temor de que alguien pudiera romper tanta belleza. No sabia si aquello era amor, de hecho la palabra amor le resultaba demasiado confusa, una palabra de adultos con muchas complicaciones. Sólo necesitaba su presencia, estar junto a ella, sentir su voz y reírse a carcajadas de cualquier ocurrencia, mirarla y dejarse arrastrar por los sentimientos, sin la complicación del amor, la palabra amor es poco duradera, su significado muere pronto. Aquello era más importante, estaba por encima del amor, una amistad cargada de estrellas, de nuevos descubrimientos, un refugio lleno de ternura, una isla donde refugiarse y sentirse protegido, caricias y besos furtivos, cuerpos juntos buscando la felicidad y turbados por el calor mutuo de la piel.

No, él no quería esa palabra extraña, gastada, le enfurecía el ruido de sus grilletes, su fantasmal y efímera presencia, su devoradora capacidad para destruir. Él quería una amistad sin barreras, con alas para perderse en busca de paraísos comunes, sin prisas por llegar a ningún sitio. Un mundo de belleza solo para dos. Todo aquello se derrumbo por un deseo irrefrenable de vivir, por la debilidad y la desconfianza de perderlo.

Los dos eran jóvenes, estaban descubriendo el mundo y sus ironías con toda su amargura, su capacidad de sufrimiento juvenil, el más solitario de todos, se iba a poner a prueba. Él quedo sumido en un abatimiento profundo, su máximo deseo era odiarla, pero era incapaz y le irrumpió el deseo de alejarse, tenía ganas de salir corriendo y no verla jamás. Sin embargo, al día siguiente la realidad se imponía, ella estaba ahí, cerca, cruzando la mirada con él.

Nunca he llegado a conocerla, ni se su nombre, forma parte de su tesoro íntimo. Conozco la historia y lo conozco a él, un viejecito amable, de palabra fácil y una profunda y cálida mirada. Es mi padre, se presento ante mi un día cualquiera y me sedujo para escuchar su historia. Yo estaba en mi habitación, escribiendo, buscaba las palabras justas y, de pronto me vi envuelto en un mar de ellas, engatusado por la hermosura del manantial que brotaba de cada uno de los rincones de su memoria, escudriñaba lugares remotos intentando dar nitidez a las imágenes borrosas de sus recuerdos, salpicarlas de vida.

Él quería que yo le escuchara, me quería evocar la vida de recuerdos, sus experiencias no compartidas. Yo por aquel entonces era joven y me gustaba contar historias, pero nunca había tenido nada interesante que contar. Su deseo era inmortalizar su vida de sentimientos, protegerlos del olvido, sabia de los caprichos de la muerte, según decía se tuteaba con ella, pero no quería que su historia muriese con él. Me contaba que a la muerte hay que arañarle todo lo que se pueda, como inevitable que es, al menos que se lleve solamente nuestro cuerpo, los despojos nada más, el resto de lo que somos y pensamos hay que dejarlo aquí. Ese es el único triunfo frente a ella.

Sus palabras salían limpias, a raudales mientras los ojos se le iluminaban, de vez en cuando me miraba fijamente y hacia algún comentario, profundizaba en pequeños detalles, desgranaba aspectos vitales de su andadura, nada había pasado por su vida gratuitamente, desarmaba todo aquello que le llamaba la atención e intentaba buscar el porque de todo, era un impulso superior que no podía dominar, salvaje e instintivo.

Ella no sabia nada, no presentía ni era consciente de su violación, tampoco sospechaba su reacción, posiblemente creía que su acto era un acción de valentía ante sus sentimientos. Él la miraba con rencor contenido, intentando descifrar la causa de su deslealtad en el destello azul de sus dos océanos, sin mediar palabras, ella sonreía, esperaba encontrarlo como siempre, pero descubría una situación fría, parecía no haber ocurrido nada pero se interponía una distancia abismal. Ninguno de los dos hizo el más mínimo comentario. Eran dos volcanes llenos de vida, a punto de estallar, pero con destinos diferentes, forjaron un muro de cristal donde continuamente se estrellarían. Se podían atravesar con las miradas, acariciarse con el pensamiento, pero nunca sentirían el calor y las risas como antes. Los dos estaban poseídos por el miedo, miedos diferentes pero nacidos en el mismo vientre, salidos de la profunda oscuridad de la juventud.

Yo había descubierto en él, después de muchos días de placida charla, una capacidad de síntesis abrumadora, insultante a veces, cuando hablaba o actuaba tejía puentes entre situaciones y conceptos que el suponía sabidos por la otra persona. Puentes a los que él volvía y cruzaba de forma pausada, pero que en el instante mismo de trazarlo, el otro, si no lo había imaginado al mismo tiempo quedaba paralizado, confuso, incluso despreciado. No era esa su intención, pero su vida era su pensamiento, y su pensamiento vivía y caminaba cada segundo frenéticamente. Él se adelantaba, cuando estaba al otro lado, nadie más estaba allí, el creía que si, porque los veía, pero estaba solo. Muy solo. En muchas ocasiones nadie cruzaría nunca por allí. Ese muro de cristal que el me contó, no fue nunca un muro de cristal, estoy seguro que fue uno de esos puentes imaginarios que ella nunca descubrió y que no pudo cruzar, han seguido el mismo río por orillas diferentes. Terca y absurda es la vida, hubiese bastado una sola indicación, un solo grito para darse cuenta de donde estaban y tenderse la mano.

Cuando pienso en ello, creo ver uno de esos puentes entre él y yo, difuso, nada claro, en realidad debe de haber muchos más. Pero creo adivinar que él si sabia en que orilla estaba ella y donde estaba el puente que ella debía cruzar. Quería que ella lo descubriese, sola, era el castigo a su traición, él era consciente que de esa forma se castigaba también él, por su silencio y por su orgullo.

Los encuentros se producían, pero ya cada vez más fríos, eran indiferentes, él se distanciaba y ella luchaba por descubrir aquel misterioso mutismo. Él estaba herido y ella encabritada y los dos, náufragos y perdidos en un mar que los engullía ya sin remedio. Él decía que no pasaba nada, pero ella notaba su huida, lo que sería el rechazo más hiriente y más doloroso de su vida.

Él opto por el silencio y el desaire, porque no quería destruir aquellas sensaciones. En cierta manera su intención era retirarse, perderse en un lugar solitario de su imaginación y curar sus heridas, para luego volver. Desaparecer en silencio, sin despedidas. Pero el destino los mantenía cerca. Ella no sabia si estaba herido o si quería desaparecer, solo sabia que él estaba ahí y no la veía. Como consecuencia de la insistencia de ella y el rechazo de él, ambos rebotaban cada vez con más fuerza, se hacían daño, sus heridas empezaban a sangrar lágrimas de rabia e incomprensión mutua. Nunca el silencio ha sido tan brutal y desgarrador.

El mundo de dos se partió y cada uno con el mundo que le pertenecía busco otros mundos donde ubicarse, un lugar donde encontrar la paz y la felicidad perdida.

Ella llena de rabia, se endureció, aplacó sus sentimientos y los meció hasta dormirlos en un rincón de su corazón, luego intento ahogar su desgarrador sufrimiento en otras miradas, en otros brazos, en otros hombres, buscaba y buscaba siempre insatisfecha algo que había escondido en su intimidad. Vulnerable y desnuda trataba de evitar que el corazón se le agrietase y perder su pequeño cofre de vida, su pequeño tesoro, su gran sentimiento enmudecido. Tejió un mundo propio y descubrió en la vida su mayor valor. Vivir y aprovechar todos los resquicios, llenar cada una de las grietas y satisfacer todos los deseos. Aprendió a dominar la angustia de su corazón porque sabia el secreto depositado en el, y en los momentos de soledad cuando la nostalgia la inundaba, a escondidas, miraba su interior y descubría su resplandor, su luz perenne. Todo estaba en orden. Era entonces cuando una descarga de felicidad le recorría su cuerpo y la arrastraba al mas placentero de los sueños.

Para él, aquello supuso una nueva etapa, un camino lleno de confusión, de dudas, de total incertidumbre, buscaba un bálsamo que pudiera cerrar las heridas, un empeño lleno de escarpados esfuerzos y vertiginosas caídas. Su instinto y su coraje le proporcionaron la droga contra el dolor, se imponía no perder el tren de la vida, el de la juventud ya estaba descarrilado. Creó dos espacios vitales, totalmente estancos, sin comunicación posible, uno real, que imponían los acontecimientos y otro intimo, muy personal, lleno de sueños y figuras, de ideas y también de soledad, mucha soledad ahogada en lágrimas, y mucha rabia contenida.

Cuando me contaba esta personal forma de protegerse, me daba cuenta de que el dolor que le asustaba, no era el físico sino el emocional. Su apreciación del mundo era muy positiva, y la vida dentro de él muy hermosa, a pesar de sus amarguras, lo importante, al final, es que la vida no pase desapercibida, las dificultades forman parte de nuestro camino y nos permiten valorar y disfrutar con más amplificación y sabiduría los pocos momentos de paz, los descansos. En realidad el transito por este mundo no habría de ser tan complicado si la conciencia o inconciencia del ser humano no tendiese a complicarlo. La sencillez de la belleza se transforma en sinuosa cuando la voluntad intenta modificarla. «La lucha por la supervivencia, el canibalismo social, es lo que más nos aproxima a las bestias, embrutece y enturbia el orden natural» decía.

Aquel refugio de su imaginación, aquel escondite de tan difícil acceso, lo llevaba siempre como equipaje, era su paraíso y su infierno. Allí soñaba sus sueños mas bellos, allí pintaba los paisajes mas verdes, los ríos mas blancos, las nubes más azules y respiraba el aire más limpio, allí montaba su mundo de armonía, a su antojo y capricho, una y otra vez. También allí con los recuerdos, los anhelos y las horas no vividas, con todo el ritual de un verdugo, se torturaba y languidecía hasta que hacia aparición la tristeza, la mas lejana, la que esta al borde del abismo. Me advirtió de lo peligroso de este abandono, había ocasiones en las que era muy difícil salir a la realidad, la lucha era con uñas y dientes para no dejarse caer, para agarrase a la vida, la cantos de la tristeza son muy tentadores. Aprendió a jugar al borde, a darle la mano y pasearse con ella. Utilizaba la música, un tipo de música, no toda, le servia de guía en aquella oscuridad y le marcaba los tiempos, cuando cerraba los ojos y se abandonaba, la tristeza venia y se arrojaba en sus brazos, notaba sus caricias sus seductoras palabras, su agradable presencia. Cuando la música terminaba, al abrir los ojos, le brotaban hirientes hilos de lava que le abrasaban el alma. Pero se alegraba porque siempre la vencía. Además sabia que allí, junto al abismo, siempre estaba ella, con su cofre de luz perenne, esperándolo.

Por aquel entonces la vida comenzaba a brotar, los tiempos estaban cargados de cambios, la historia de este país emprendía un nuevo rumbo, eran días de duelo para unos y de nuevas ilusiones para otros, los ciudadanos se desperezaban de un largo sueño, él también se encontró inmerso en estos cambios profundos, no entendía nada, tan solo sabia que aquel fatal personaje del que tanto había oído hablar había dejado de existir. Seria en ese mismo bar y en ese mismo instituto donde tomaría conciencia de toda aquella marea que se desataba.

enero 11, 2008 Posted by | Aires | , , , , , , | Deja un comentario